Lecciones aprendidas: Compañerismo

Alguna vez ya he dicho que siempre empiezo el Camino sólo. Para ser exacto, siempre que lo he hecho andando ya que la primera vez lo hice en bici con mi hermano pequeño. Será que me vuelvo raro con el tiempo pero es una forma de volver al Camino sin presiones ni expectativas: puedo seguir mi propio ritmo tanto andando como interior.

Además, excepto la primera vez que lo hice en pleno agosto (nunca más), siempre lo hago en invierno. Una época poco propicia para organizar salidas y siendo sinceros, el tiempo puede no acompañar.

¿Eso significa que sea solitario? Si pensamos en el volumen de personas que te encuentras, incluso en el Camino Francés, la verdad es que no es muy grande. Sobre todo lo que baja es el número de peregrinos españoles así que las probabilidades de encontrar a peregrinos de otras nacionalidades aumentan.

Algunos de mis compañeros peregrinos
Algunos de mis compañeros peregrinos

Y aquí es dónde el Camino hace su magia: no pasa apenas un día desde que empiezas a compartir mil historias, el cansancio y las pequeñas preocupaciones con algunos de los peregrinos con los que te encuentras. Y también de la forma más natural, empiezas a preocuparte por ellos (y ellos de ti): «¿has llegado bien?, ¿tienes agua?, ¿quedamos en el siguiente pueblo a echar una caña?…»

Y realmente no esperas nada a cambio porque esos momentos son suficiente pago. No os podéis hacer una idea de lo bien que sienta poder ayudar a alguien compartiendo una simple barrita energética o un pincho de tortilla fría… pero sobre todo, saber que si te hace falta algo o te ves mal, vas a tener a alguien cerca que te echará una mano. La máxima del Camino Proveerá (The Camino Provides).

Siempre empiezas solo… pero nunca terminas sólo. Sólo hay que estar un poquito abierto a conocer a esas personas que llevan una mochila como la tuya pero con sus propias cargas.